
Fotografías de Carlos Munguía y testimonios de una tragedia ocurrida el 17 de febrero de 1955 que todavía permanece en la memoria de un pueblo.
El 17 de febrero de 1955, Santa Clara de Valladares —hoy perteneciente al municipio de Tocumbo, Michoacán— despertó.
con el estruendo de una tragedia que se propagó entre la población.

Ese día, un tren se descarriló a su paso por el pueblo. Los vagones abandonaron las vías y se internaron entre las casas provocando una de esas tragedias que, aunque ocurren en cuestión de segundos, permanecen durante décadas en la memoria de quienes las vivieron y de quienes heredaron sus relatos.
Las fotografías que acompañan esta historia fueron tomadas por el fotógrafo Carlos Munguía. En cada encuadre de ellas quedó registrado algo más que el accidente: está la mirada de un fotógrafo que supo detenerse frente al desastre y construir, con la composición de sus imágenes, un testimonio visual de su época.

Las fotografías me fueron proporcionadas por Mauricio Delgadillo Navarro, quien conserva este episodio también como parte de la historia de su propia familia. Mauricio contó que su padre, Tomás Delgadillo, vivía con su familia junto a las vías del ferrocarril en Santa Clara y que perdió a dos de sus hermanas durante aquel accidente.
A Tomás Delgadillo lo conocían en el pueblo como “El Seco”.

Mauricio también relató que, de acuerdo con lo que escuchó de su suegro, la magnitud de la tragedia fue tal que durante varios días continuaron encontrándose restos de las víctimas.
Las fotografías, explicó, llegaron a la familia a través de uno de sus hermanos, quien también señaló tener parentesco con los Navarro de Los Reyes.

Setenta años después, resulta difícil separar el accidente de la memoria colectiva de Santa Clara. El tren ya no atraviesa el pueblo como entonces, pero el recuerdo permanece en las conversaciones familiares, en las historias transmitidas por quienes escucharon a sus padres y abuelos y, ahora, en estas fotografías.

Los testimonios de quienes conocen la historia coinciden en algo: el descarrilamiento no fue solamente un accidente ferroviario. Fue una tragedia que entró literalmente en el pueblo.
María Virginia Guillén Jiménez recordó que, según le contó don Brígido Ibarra, un hombre muy querido de Santa Clara, fueron numerosas las casas afectadas por el descarrilamiento y los daños materiales fueron considerables.

Magdalena Navarro Moreno recuerda que después del accidente el pueblo quedó sumido en una profunda tristeza. Entre las víctimas, dice, estuvieron también integrantes de la propia tripulación del tren: el fogonero, el garrotero y el maquinista.
Una mujer recordó que aquel día murieron su tía Lupe Ortega y su abuela Emilia Núñez. Ambas se encontraban en la cocina cuando el tren las alcanzó. Murieron prácticamente en el acto.
Su padre, en cambio, sobrevivió.

Tenía entonces una edad muy distinta a los 95 años que tiene hoy. También sobrevivió el bebé que llevaba su tía Lupe, porque se encontraba en otra habitación cuando ocurrió el accidente.
En Santa Clara, la familia Delgadillo continúa siendo recordada con afecto. Algunos de sus integrantes, como Güicho y Pepe, estuvieron ligados durante años al basquetbol y entrenaron a jóvenes del pueblo en la Cancha Azteca.

La memoria de Santa Clara no se limita, entonces, al día del accidente. También está hecha de las familias que sobrevivieron, de los vecinos que ayudaron, de quienes después levantaron sus casas y volvieron a caminar por las mismas calles.
Y quizá por eso el comentario de Juan José Cervantes Mora resulta particularmente inquietante.
Cervantes escribió en redes sociales que pareciera que aquella escena fuera, de alguna manera, atemporal para la población. Según su reflexión, el fantasma del descarrilamiento nunca se marchó; simplemente cambió de forma.

Cambió el transporte.
Cambió el paisaje.
Cambió la velocidad.
Pero los accidentes siguieron ocurriendo.
Como ejemplo, recordó que recientemente un camión se quedó sin frenos y terminó colisionando con otros vehículos. Para él, estos sucesos parecen repetirse una, dos o hasta tres veces al año, en mayor o menor medida.

La comparación no pretende equiparar los accidentes ni sus circunstancias. Pero revela algo más profundo: en la memoria de una comunidad, ciertos lugares quedan marcados por lo que alguna vez ocurrió en ellos.
“Yo fui testigo de la tragedia”
Hay recuerdos que pertenecen a quienes estuvieron ahí. Otros llegan a través de los relatos de quienes corrieron después hacia el lugar del accidente.
Uno de esos testimonios cuenta:
“Yo fui testigo de la tragedia. Fue a mediados de los años cincuenta. Yo nací en Los Reyes y estaba en la Cancha Eréndira entrenando cuando se escuchó un fuerte sonido. Corrimos por toda la vía rumbo a Santa Clara para ayudar y rescatar sobrevivientes.”

Las fotografías de Carlos Munguía permiten volver a mirar aquel día de febrero de 1955.
Estas imágenes permiten hacer algo que la memoria por sí sola no siempre consigue: volver visible el pasado.
Hoy, cuando Santa Clara ha cambiado y el paisaje ferroviario pertenece a otra época, estás fotografías funcionan como una ventana abierta al pasado para mirar un pueblo intentando entender cómo, en cuestión de segundos, su historia cambió para siempre.


Las fotografías a color fueron editadas con inteligencia artificial ya que las fotografías originales fueron hechas en blanco y negro.




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