
Hay comunidades donde las fiestas patronales no caben únicamente en el calendario religioso. En Pamatacuaro, comunidad purépecha enclavada en la Meseta Purépecha, la fiesta del Cristo del Calvario, que se celebra cada año en mes de julio, es el momento en que la comunidad vuelve a encontrarse consigo misma.

Durante esos días, muchas de las personas originarias de Pamatacuaro que hoy viven en distintas partes de la República regresan a su tierra para reencontrarse con sus familiares y amigos, y para volver a disfrutar de la festividad más importante del año para su pueblo.

Para muchos de sus habitantes la fiesta de julio es el equivalente a la Navidad o al Año Nuevo; los días en que quienes viven lejos regresan para abrazar a sus familias y caminar otra vez sus calles.

En ese ambiente de reencuentro en la comunidad, este 16 de julio se llevó acabo por primera vez en Pamatacuaro la carrera de trail running Sendero del Peregrino, una iniciativa que busca convertirse en parte de las festividades del Cristo del Calvario cada año y promover la sana convivencia, especialmente entre las y los jóvenes de la comunidad.

Una tradición distinta, donde el esfuerzo físico, la convivencia y el cuidado de la salud acompañen a la fe y a la identidad de un pueblo.

Desde antes de las tres de la tarde de el pasado 16 de julio, los corredores comenzaron a reunirse junto a las letras monumentales de PAMATACUARO, en la salida hacia Charapan.

Aunque inicialmente la convocatoria anunciaba el arranque para las cuatro y media de la tarde, dos días antes el horario fue modificado y, puntualmente, a las tres comenzó la aventura.

Había corredores de la propia comunidad; otros habían regresado desde diferentes ciudades del país para pasar las fiestas con sus familias.

También llegaron participantes de Tingüindín, Peribán, Zacán, Sicuicho, Tzirio y distintos puntos del Valle de Los Reyes de Salgado.

Algunos eran corredores experimentados; otros simplemente querían vivir la experiencia de correr en la Meseta Purépecha.

Antes de partir, Juanita Huendo, una de las principales impulsoras del trail running en la región, dio la bienvenida a los asistentes.
Sus palabras no hablaban de competir contra alguien más, sino de disfrutar el recorrido y compartir el camino.

Esaúl Reyes otro de los organizadores y originario de Pamatacuaro también tomó el micrófono para motivar a todos los participantes antes de arrancar.

Después vinieron los ejercicios de calentamiento y, como corresponde a un territorio donde la naturaleza también tiene un profundo significado espiritual, una oración para pedir permiso antes de internarse en la sierra.

Entonces comenzó la carrera.
Muy pronto el Bosque le recordó a todos quien manda. La lluvia cayó con una intensidad inesperada durante casi una hora. Los senderos de tierra se transformaron en lodo; las piedras comenzaron a esconderse bajo el agua y las señales del recorrido apenas podían distinguirse entre la tormenta.

Hubo resbalones, tropiezos y momentos en que avanzar parecía más difícil de lo imaginado entre lagunas formadas por la lluvia.
Muchos comenzaron corriendo, después trotaron y finalmente caminaron.

No importaba.
En el trail running la verdadera competencia casi nunca ocurre contra los demás. Ocurre dentro de uno mismo. Cada paso exige atención absoluta. Cada piedra obliga a decidir dónde colocar el siguiente pie. Cada subida recuerda el peso del cansancio y cada descenso exige humildad.

En medio de la lluvia uno deja de pensar en el teléfono y comienza simplemente a escuchar su respiración.
Quizá esa sea la verdadera magia de este deporte.

Mientras la tormenta envolvía la Meseta Purépecha, el paisaje ofrecía un regalo imposible de describir completamente. La neblina descendía sobre los bosques alrededor del Cerro Grande y el monte parecía desaparecer entre las nubes bajas.

Era uno de esos paisajes que solamente existen cuando la lluvia abraza la sierra.

El recorrido atravesó antiguos caminos de Pamatacuaro, senderos utilizados desde hace generaciones para comunicar comunidades como San Benito y San Luis.

Caminar por ellos no era únicamente hacer deporte; era recorrer una parte de la memoria del territorio.

Encontramos imágenes religiosas durante el recorrido y lugares donde había pilas de agua y lavaderos.

Antes de iniciar la carrera conversé con un hombre originario de Pamatacuaro que actualmente vive en Guadalajara y que acostumbra participar en competencias de atletismo.
Me dijo algo que terminó acompañándome durante todo el recorrido:
Lo importante no es ganarle a los demás. Lo importante es cumplir el compromiso con uno mismo de llegar a la meta, por difícil que sea el camino.»
Aquellas palabras parecían hablar de la carrera, pero también de la vida.

Al finalizar el recorrido, los primeros treinta corredores recibieron una medalla con la imagen del Cristo del Calvario, un reconocimiento simbólico que unía el deporte con la celebración más importante de la comunidad.

Sin embargo, para quienes llegamos al final también había una recompensa.
Al cruzar la meta no había medallas esperándonos, pero sí algo mucho más valioso: los aplausos de la gente de Pamatacuaro. Vecinos y participantes recibían uno por uno a los corredores que iban llegando, animándolos hasta el último instante. Nadie quedó fuera del recibimiento.

Cada nombre era marcado en la lista conforme los participantes cruzaban la meta, hasta confirmar que todos habían regresado.

Mientras se esperaba a los últimos corredores, la lluvia seguía cayendo. Algunos buscaban refugio bajo la jefatura de tenencia; otros aprovechaban para hidratarse y varios sostenían un vaso de café caliente entre las manos para contener el frío, un frío que en la Meseta Purépecha siempre se siente más intenso que en el valle.

Entonces ocurrió una de esas escenas que solamente pueden regalar las fiestas de un pueblo.Una banda de viento pasó frente a la jefatura y, al ver reunidos a los corredores, comenzó a interpretar una melodía festiva de bienvenida de forma improvisada. La música se mezcló con el sonido de la lluvia y los aplausos, convirtiendo la espera en una celebración.

Al término del evento, el jefe de tenencia agradeció públicamente a todos los participantes y reconoció el trabajo de los organizadores: Esaúl Reyes «El Pama», Juanita Huendo y Jesús Flores, quienes hicieron posible la carrera sin fines de lucro ni intereses personales.

Su intención fue sencilla, pero profunda: promover la convivencia, impulsar hábitos saludables entre niñas, niños, jóvenes y adultos, y ofrecer durante las fiestas del Cristo del Calvario una alternativa que fortalezca a la comunidad.

Durante muchos años, estas celebraciones estuvieron marcadas por el consumo excesivo de alcohol. Hoy, quienes impulsan el Sendero del Peregrino sueñan con que el deporte también encuentre un lugar dentro de la tradición, demostrando que la identidad de un pueblo puede renovarse sin dejar de honrar sus raíces.

Porque, al final, la carrera no trató únicamente de recorrer once kilómetros entre lluvia y montaña. Se trató de regresar a casa.

De descubrir que, igual que en la vida, siempre habrá cuestas difíciles, caminos resbalosos y tormentas inesperadas; pero mientras exista la voluntad de seguir avanzando, la meta siempre estará esperándonos, con alguien dispuesto a aplaudir nuestra llegada.













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