
Las noches de luna llena son las preferidas por las tortugas marinas para desovar. Durante nuestra caminata de madrugada a lo largo de la franja costera de Colola, con el mar abierto, la luz lunar nos permitió observar a lo lejos cómo algunas tortugas marinas emergían del mar, mientras otras regresaban, y algunas permanecían hasta tres horas excavando un nido en la arena para depositar sus huevos.

Fue en diciembre del 2006 cuando conocí el Campamento Tortuguero de Colola durante la temporada de arribo de la tortuga negra, que tiene su temporada pico entre noviembre y enero cada año.

El promedio diario de nidos que se contabilizaban en 2006 en una noche según reportes oficiales en internet, era de alrrededor de 200 nidos en el área costera de protección del campamento, que abarca 4.6 km de recorrido.
Aunque cuando estuve ahí con los voluntarios era una cantidad menor a 200 nidos los que contábamos porque recuerdo que teníamos noches que se hablaba de menos de 100 nidos rescatados.
Según datos oficiales de la Comisión de Pesca del Estado de Michoacán (COMPESCA), en la actualidad se han reportado arribazones masivos de tortuga negra en Colola y se han contabilizado hasta 1000 nidos en una sola jornada nocturna. A Colola también llegan tortugas de la especie golfina y a veces laud.

En diciembre de 2006, llegué al campamento tortuguero como representante de una organización internacional de voluntariado con sede en Morelia, que aunque sigue activa, ya no envía voluntarios al campamento de Colola.
La organización VIVE MEXICO A.C. me había designado para liderar un grupo de al menos 15 voluntarios de diversas nacionalidades que se unirían a los esfuerzos de protección de tortugas liderados por los comuneros de Colola, también conocidos como tortugueros.

Según varios reportes, fue en 1982 cuando la Universidad Michoacana San Nicolás de Hidalgo (UMSNH) comenzó a trabajar en esta comunidad, donde los residentes recuerdan que en la década de 1960, varios camiones Torton partían cargados de tortugas en un solo día.

Foto en Playa Erendira de Lázaro Cárdenas, Michoacán. Con voluntarios internacionales y del Puerto de Lázaro hicimos carteles de concientización para colocarlos en la playa ante el asesinato de tortugas marinas en 2006.
A partir de 1982, biólogos de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMNSH) iniciaron los primeros esfuerzos de investigación de campo en Colola, lo que permitió a los habitantes de la comunidad aprender sobre la temperatura óptima para los nidos, la profundidad adecuada y la determinación del sexo de las crías.

La convivencia con los investigadores ha permitido a los comuneros adquirir conocimientos valiosos sobre esta especie, como la relación entre la distancia de la puesta de los nidos con respecto a dónde rope la ola y el alcance potencial de la marea.

Durante 45 años, se han llevado a cabo diversos esfuerzos en Colola que involucran a los sectores académico, institucional, internacional y civil. Pero el tiempo demostraría que la organización comunitaria de esta comunidad indígena náhuatl del municipio de Aquila, Michoacán sería el factor más importante para lograr una verdadera protección de las tortugas marinas a largo plazo.

Los voluntarios y voluntarias internacionales enviados por VIVE MEXICO han sido parte de estas iniciativas de protección. Los workcamps, término utilizado para denominar a los campamentos de voluntariado internacional cuando son de corto plazo duran aproximadamente de 2 semanas.

En mi experiencia, lideré al menos 4 campamentos de voluntariado de corto plazo con VIVE MEXICO en Colola entre 2006 y 2008.
En aquel entonces, en 2006, la falta de smartphones y señal telefónica era notable; la comunidad de Colola, donde se podían encontrar tiendas y un teléfono para realizar llamadas, estaba ubicada a 2 kilómetros del campamento.

Con frecuencia, tanto de día como de noche, realizábamos caminatas por la costa con los voluntarios rumbo a la población, aunque a veces también nos prestaban una cuatrimoto los comuneros para traer agua potable. En caso de una picadura de alacrán, era necesario buscar a la única médica de Colola hace 20 años para determinar si disponía de un antídoto específico. Aún no se construia el Hospital de Maruata.

No había un hospital cerca, ni un Banco o una tienda Aurrerá, por ejemplo; era necesario contratar a alguien de Colola para que nos transportara en su camioneta para abastecernos de provisiones en Tecomán, a unas 2 horas de distancia por carretera.

En realidad, mi percepción después de 4 campamentos de voluntariado en Colola es que la idea preconcebida sobre el proyecto y el lugar por parte de los voluntarios antes de llegar difería significativamente de la realidad; estaba claro que el idealismo internacional sobre el desarrollo era una cosa y otra muy distinta era el proceso comunitario específico de una comunidad indígena náhuatl que había incorporado la protección y conservación de las tortugas marinas como parte de sus usos y costumbres, algo similar a lo que logró la comunidad purépecha de Cherán en la protección del bosque en 2011.

Actualmente, se puede considerar a la comunidad de Colola como un ejemplo exitoso en el ámbito internacional de la conservación y protección de una especie marina que estuvo en peligro de extinción.

Hoy en día, Colola es conocida como el «Santuario de la tortuga negra»; otros la llaman «Capital mundial de la tortuga negra» debido a que esta región costera, donde se ubica Colola, alberga, según datos oficiales, entre el 70% y el 80% de la población mundial de anidación de tortuga negra.
Las tortugas hembras eligen reproducirse en su playa natal.

La organización comunitaria a través de las décadas ha dado frutos. Demostró que la protección de las tortugas no se trataba solo de proyectos aislados, y sí, más bien de un proceso a largo plazo que tenía que comprender la misma comunidad.

Entre el 2006 y 2008 pude notar que los tortugueros de Colola estaban bien organizados.
Patruyaban en cuatrimotos todas las noches por la costa de 8pm a 6 am, se convertían en guardianes de su propio ecosistema.
Eran dos grupos de 20 comuneros que cada 15 días se rolaban. Se notaba su compromiso para trabajar en algo que nadie les pagaba.

Comuneros de Colola en el área de conservacion y protección realizando un nido para poner los huevos rescatados durante la jornada nocturna de trabajo del Campamento Tortuguero.
Cuando había voluntarios internacionales nos repartiamos con comuneros para salir a buscar los nidos desde las 8 pm hasta las 6am. Cómo líder del grupo de voluntarios, más que involucrarme de lleno en las labores de protección me dedicaba a cuidar el campamento y saber con quiénes se habían ido a trabajar los voluntarios.

El color de los amaneceres en Colola se ponía muy intenso.
No todo era tan bonito como el paisaje que nos rodeaba porque aunque la mayoría de tortugueros eran respetuosos con las voluntarias hubo quienes se quisieron aprovechar de las mujeres cuando caminaban por la orilla del mar en las madrugadas en la búsqueda de nidos y tortugas. Las chicas asiáticas eran las más vulnerables a diferencia de las europeas que sabían defenderse.

En una ocasión en el campamento los voluntarios quisieron tener la experiencia de hacer una piñata y romperla.
No contábamos con un lugar seguro para resguardar objetos de valor y documentos importantes. En varias ocasiones, se extraviaron cámaras fotográficas y dinero. Incluso, en un descuido en Chicoasa, la playa de Colola, me robaron una bolsa que contenía 8 mil pesos destinados a gastos del campamento.

Aunque había una cabaña con camas de madera a la mayoría de voluntarios les agradaba dormir en hamaca.
Los comuneros me informaron que VIVE MÉXICO les brindaba un apoyo económico limitado.
Esta falta de corresponsabilidad por parte de la organización posiblemente contribuyó a que las instalaciones destinadas a nuestro alojamiento durante dos semanas en aquellos años se encontraran en condiciones precarias, caracterizadas por la escasez de agua para higiene personal y otras necesidades básicas.

Muchos voluntarios que habían visto imágenes del proyecto antes de su llegada esperaban encontrar un campamento limpio y con los servicios necesarios, lo que no siempre fue el caso. Algunos voluntarios optaron por abandonar el proyecto el mismo día de su llegada y continuar su viaje de manera independiente.

No obstante, la mayoría de los voluntarios desarrollaban un fuerte vínculo con el lugar, cautivados no por la descripción proporcionada sobre el proyecto, sino por la naturaleza salvaje y poco explorada de una playa virgen como la de Colola.

El sonido majestuoso de las olas es una característica destacada de este lugar, la gente local evita meterse en esa área de mar abierto con olas de hasta 3 o 4 metros que es por dónde salen y entran las tortugas que llegan Colola.

La presencia prolongada de voluntarios internacionales también propició relaciones personales significativas, y noté que algunos jóvenes de Colola establecieron relaciones sentimentales con voluntarias extranjeras, principalmente europeas, lo que llevó a algunos comuneros a tener hijos con mujeres extranjeras y, eventualmente, migrar a Europa o vivir allí temporalmente.

Con los voluntarios teníamos todo el día libre, así que aprovechábamos para cocinar nuestros alimentos; en ocasiones conseguíamos pescados grandes con lancheros y los preparábamos en una fogata.
También hacíamos salidas en la zona, a playas como Maruata, el Faro de Bucerías, La Ticla y Caleta de Campos. La arena en el faro es muy clara, mientras que en La Ticla es oscura. Cuando íbamos hacia Tecomán se podía ver muchas huertas de platano en la frontera costera de Michoacán y Colima.

Por las mañanas, llevábamos a liberar las tortuguitas que nacían en los nidos del área de conservación; la mayoría habían nacido, pero solo algunas llegarían a la edad reproductiva a los 30 años. El área de protección donde los tortugueros hacían nidos artificiales, se les protegía de aves de rapiña, perros, gatos, coyotes y humanos.

A finales de 2008, fui enviado a Barcelona por VIVE MEXICO A.C. para asistir a un seminario de buenas prácticas de voluntariado internacional.
En ese encuentro, seguíamos leyendo hojas y hojas de información sobre proyectos. Pero después de dos años de experiencia en el voluntariado internacional, me había dado cuenta de que los proyectos de desarrollo y conservación que son impuestos en territorios por instituciones internacionales no prosperan si no nacen de un proceso interno en la misma comunidad.

En ese seminario, tenía que hablar de mi experiencia como líder de campamentos de voluntariado internacional en México, y me pareció importante no solo hablar de lo bonito, sino también de ese contraste entre un proyecto en una hoja de papel y la realidad.
Tuve que hablar de los peligros que vivimos, de los riesgos implicados, de la realidad que no quieren escuchar los oficinistas de estas asociaciones de voluntariado.
Sin mencionar que hace 20 años, los problemas de inseguridad relacionados con el narcotráfico no habían explotado como ahora.

En conclusión, llegué a comprender que los fondos de apoyo y financiamiento destinados a organizaciones de voluntariado que forman parte de un comité internacional descentralizado de la UNESCO a menudo se convierten en una fuente de lucro para muchos directivos de estas organizaciones, quienes se la viven en encuentros internacionales con todos los gastos pagados mientras desconocen las realidades territoriales.

Las aves de rapiña siempre están al acecho en la costa de Colola buscan cazar tortugas recién nacidas o huevos.
Al reflexionar sobre mi experiencia en Colola, me doy cuenta de que el éxito en la conservación de la tortuga negra se debe principalmente a la resistencia y compromiso de la comunidad local involucrada en el campamento. Más allá de las ideas y proyectos externos que han llegado a la comunidad y se han ido desde que se inició la protección de esta especie en 1982.
Lo que funcionó fue el proceso comunitario que ha vivido Colola en la integración de la protección y conservacion de las tortugas a su sistema comunitario de Usos y Costumbres.

Diez años después de mi participación como voluntario en la protección de tortugas en Colola, tuve una estancia de dos meses en otra playa michoacana, donde hay turismo pero no todo el año.
En una tienda, mientras conversaba con lugareños, alguien llegó con un plato de comida, me dijo que era birria que había cocinado su madre.
Acepté, sabía a birria y, estaba sabroso, entonces quien me lo ofreció, me miró y me dijo: «Es aleta de tortuga».
Entendí que tenía que quedarme callado porque esto no sé lo ofrecían a los turistas, era un secreto de la comunidad, uno más en la memoria de su supervivencia.











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